¿Realmente valoramos la Biblia?
Es una realidad que como cristianos no siempre queremos o tenemos ganas de leer la Biblia; hay varias razones para esto, muchas veces es porque no la entendemos, nos parece aburrida, nos avergonzamos de nuestro pecado, pensamos que es un libro muy complejo o simplemente estamos muy ocupados como para dedicar nuestro tiempo a eso. Pero ¿será posible que no hemos comprendido el peso y el valor de las Escrituras?
El Creador del universo y de todo lo que existe —incluyéndote a ti y a mí— nos ha dejado Su Palabra, escrita por hombres que usó con sus propias personalidades y estilos literarios, pero dirigidos divinamente por el Espíritu Santo para revelarse a toda Su creación. No sabemos de qué forma exactamente ocurrió esa inspiración, pero no fue de manera robótica, sino más bien como un soplo divino desde el interior de Dios, depositado en cada uno de los autores humanos. Por eso, las Escrituras son la Palabra de Dios mismo hablando a Su humanidad caída para dar a conocer Su carácter, Sus mandamientos, Su voluntad y Su plan redentor a través de Jesucristo.
Al ser totalmente inspirada por Dios, la Biblia es infalible e inerrante. Esto quiere decir que no hay fallas ni ningún error en ella. Por lo tanto, es la verdad absoluta, y podemos confiar y creer plenamente en Su Palabra.
Y si aún no conoces a Cristo, quiero contarte que la Biblia es el libro que le ha dado forma al mundo, ha influido en la educación, la cultura, las leyes y nuestra forma de pensar. Es la revelación de Dios, la verdad absoluta que nos permite entender nuestra existencia y conocer a nuestro Creador. Nos enseña lo que le agrada, nos transforma y nos lleva a vivir para Su gloria. Es sin duda el libro más valioso y necesario. Cuenta las buenas nuevas de cómo un día estábamos perdidos y muertos en nuestros pecados, pero Dios nos amó de tal manera que envió a Su Hijo a este mundo para morir por nosotros y darnos vida en Él. Nos revela nuestra mayor esperanza, Cristo, nuestro Salvador.
Aun así, para algunos la Biblia puede seguir pareciendo aburrida o difícil de entender; tú nombra el motivo. Y, sumado a que ya de por sí existe una lucha constante entre nuestra carne y el espíritu, terminamos ocupando más nuestro tiempo en otras cosas, como el trabajo e incluso el servicio en la iglesia, y dejamos la Biblia acumulando polvo en una esquina. La Biblia es el libro de libros, y no podemos tratarla como cualquier libro.
Necesitamos al Espíritu Santo para entender Su Palabra.
Necesitamos pedirle a Dios un corazón sensible y deseoso de escuchar Su voz.
Necesitamos hacer de este verso nuestra oración: “Abre mis ojos, para que vea las maravillas de Tu ley.” (Salmo 119:18).
Sé honesto, dile a Dios la verdad de cómo te sientes cuando intentas acercarte a la Palabra. Pídele que te dé entendimiento y sabiduría, y que te ayude a amarla y a deleitarte en Su presencia.
Créeme que Dios anhela responder esa oración. Él quiere tener una relación contigo y revelarse a tu vida a través de Su Palabra, pero debes ser intencional en hacer ese espacio todos los días para leer y meditar en las Escrituras. Y no hay nada más valioso en lo que puedas invertir tu tiempo que en conocerlo a Él.
Porque la vida eterna es conocerle, y eso comienza aquí en la tierra. En Él está la plenitud y todo lo que nuestra alma anhela, y hasta que no entendamos eso, siempre estaremos intentando llenar nuestra alma de cosas vacías y sin valor. San Agustín lo dijo de esta manera: “Nos has hecho para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”.
No podemos llamarnos cristianos si ni siquiera hay en nosotros un deseo por leer Su Palabra, de la misma manera que no podemos decir que amamos a una persona que ni siquiera conocemos. Porque, para amar a una persona, debemos invertir tiempo en conocerla; y de la misma manera, si queremos amar a Dios, debemos pasar tiempo con Él, en Su Palabra.
Es la única manera de aprender a confiar en Él y en Su plan perfecto, de ser transformados y santificados, de vivir para Su gloria y hacer Su voluntad, hasta llegar a decir: “¡Cuán dulces son a mi paladar Tus palabras!, Sí, más que la miel a mi boca.” (Salmos 119:103).